Ciencia y Tecnología: una visión que construí y lo que aprendí
Publicado: 2026-05-16
Desde niño tuve contacto con la programación; recuerdo jugar con Scratch y Lightbot. A medida que fui creciendo, y gracias a las sugerencias de mi hermano, fui comprendiendo, aunque despacio, la importancia de la programación en la sociedad y lo relevante que sería aprenderla. Recuerdo un video de esas épocas, alrededor de 2012, que comparaba la programación con la alfabetización de nuestro siglo: tuvo un impacto decisivo en mí.
Al ingresar a la Escuela de Matemáticas de la UPTC, encontré una formación rigurosa en matemáticas puras, como corresponde: una escuela que prepara matemáticos capaces de enfrentar problemas complejos con bases sólidas. Pero también descubrí oportunidades por explorar: proyectos y tesis aplicadas existían, pero su difusión y alcance eran limitados, y eso dificultaba que más estudiantes se acercaran al emprendimiento tecnológico y al liderazgo desde lo técnico, o incluso a algo tan sencillo —pero fundamental— como descubrir que la vida profesional de un matemático no está limitada a la docencia —he explorado esta idea con más profundidad en Que hace un matemático— La prioridad excesiva en lo teórico, aunque necesaria, dejaba un vacío en quienes querían usar la ciencia para resolver problemas reales con herramientas actuales: programación, ciencia de datos e inteligencia artificial.
Comprendí que esta brecha no era solo académica: en Boyacá, los jóvenes ingresan a la universidad con gran esfuerzo buscando mejores oportunidades. La formación teórica, sin puentes hacia la práctica, puede limitar el impacto real de ese esfuerzo. Gracias a mi paso como representante estudiantil de la Escuela de Matemáticas, pude observar de primera mano los esfuerzos y avances que la escuela realizaba constantemente para actualizar el plan de estudios y acercarse a las necesidades del mundo actual, esfuerzos que requerían navegar procesos burocráticos complejos y dependían de la visión y voluntad de profesores y directivos.
Mi interés por acortar esa distancia se consolidó en 2023, cuando presenté mi ponencia en el Congreso Nacional de Matemáticas: “La influencia de Bourbaki en la educación matemática en Colombia: ¿Una brecha entre teoría y aplicación práctica?”. Allí comprendí que, aunque la problemática tiene raíces profundas, también existen oportunidades claras para intervenir y generar cambios significativos.
, En 2024, participé en el programa Pares Ordenados, donde estudiantes conectan con posgraduados con el fin de tener sus primeros acercamientos a la investigación. La dinámica consiste en trabajar un tema de interés común para presentar un proyecto — ya sea en código o como resultados de investigación — una experiencia bastante enriquecedora. A su vez, participé como voluntario pedagógico en el desarrollo de un Pre-Icfes Popular en un barrio de Tunja, donde pude observar de primera mano la percepción que se tiene sobre la educación, los retos para acceder a ella, y sobre todo, el peso concreto de la desigualdad en la comunidad. Estas experiencias reforzaron mi convicción: el conocimiento solo se transforma en valor cuando sale de los libros y entra en contacto con la realidad. Durante mi periodo como representante estudiantil —desde finales del 2024 hasta inicios del 2026—, intenté dar forma a Ciencia, Tecnología y Sociedad, un proyecto que buscaba conectar a estudiantes con líderes y mentores, promoviendo aprendizaje aplicado y desarrollo de soluciones para nuestra región. La visión era clara —eso era lo que supona—. La ejecución fue otra historia.
Lo que aprendí es simple pero difícil de aceptar al principio: casi todos los proyectos extracurriculares suenan interesantes para la mayoría, pero cuando se dan cuenta de que requieren un esfuerzo sostenido en el tiempo, dejan de ser atractivos. El compromiso genuino es escaso, y sostenerlo — tanto desde quien organiza como desde quien participa — es el verdadero reto. Las inconsistencias aparecieron desde el inicio, y con el tiempo entendí que no era un problema de las personas sino de contexto: es difícil pedirle a un estudiante que se comprometa profundamente con una visión que no es suya.
El proyecto está abandonado. Y está bien que así sea por ahora.
Lo que no abandoné es la visión. Con el tiempo ha mutado: ya no se trata de enseñar a programar ni de armar talleres, sino de algo más estructural — vincular problemas reales de la industria con iniciativas estudiantiles, impulsar emprendimientos con base tecnológica, puede ser una forma concreta de reducir desigualdades en nuestra región — una apuesta que exploré en Sobre el emprendimiento tecnológico como alternativa al desarrollo social—, y construir una comunidad que repiense críticamente la tecnología: científicos, filósofos, ingenieros, sociólogos reuniéndose a leer, pensar, escribir y criticar.
Pero antes de intentar construir eso de nuevo, quiero construirme a mí mismo. Este sitio es parte de ese proceso: escribir, leer y pensar en público, con la esperanza de que una marca personal con ideas claras llame naturalmente a personas comprometidas con las mismas preguntas.
Tal vez la lección más importante no fue sobre educación ni tecnología, sino sobre el orden correcto de las cosas: primero construir la visión con profundidad, luego encontrar a quienes la comparten.